Roerich
Llovía. Sir Alfred Roerich de Wilfordshire, noble caballero de Lyam, se batía.
Luchaba en singular combate con Sir Robert Moore de Beaufort, noble caballero de Nyum, protegido del Dom Beton. Bueno ahora era Nyum, pero no siempre los Moore lo habían sido.
Luchaban, peleaban y combatían, y lo hicieron hasta que uno quedo en tierra.
El combate había acabado. Atrás quedaron sudores, heridas, daños,… Tendido en el suelo, con su armadura rota y desgarrada quedo uno de los contendientes. De pie, apoyado en su espada, aun sangrando, el otro contendiente.
Ya he acabado. Creí que no lo conseguiría, pesaba Roerich, mientras observaba el cuerpo tendido de espaldas. Roto, deshecho, irreconocible.
Había luchado bravamente, dado y recibido tajos, golpes y mandoblazos. Dura victoria. Dura y pesada, mas satisfactoria. Tanto que, una vez conseguida, no sentía ningún dolor, ni estaba cansado. Como si no hubiese recibido golpes, como si la armadura no pesara.
Todo esto, y muchas cosas más, pensaba Roerich, cuando miro al rostro de su amada. Transida de dolor, seguro, estaría. Pues con quien sino con su hermano, es más su hermano mellizo, se había batido. Mas de diez generaciones de enfrentamientos, entre las familias Roerich y Moore, habían culminado ese día. Pero el motivo del combate era que Moore, su hermano, había enviado las tropas del Dom para impedir su boda. ¿Como sabia donde y cuando iba a tener lugar?, pensó Roerich, pues solo ella y yo lo sabíamos. Pero las tropas aparecieron y surgió el desafío.
No la he perdido, pensó Roerich viéndola serena, no llora al muerto. Pues así era. Su cara con un rictus de dolor, o quizás una sonrisa de satisfacción, con su no muy largo cabello rubio al viento, sus sonrosadas mejillas y sus ojos, del azul celeste de un día soleado, serenos y limpios.
Estas meditaciones hacia Roerich, mientras, el vencedor se dirigía a la tribuna quitándose el casco. Y Roerich vio… vio a un hombre de espaldas, que se quitaba un casco, dejando su rubia cabellera al viento…
Pero si yo soy moreno, dijo mirando al caído. Y conforme se dio cuenta de que el cuerpo tendido era el suyo, el mundo se diluía, haciéndose cada vez más borroso. Y cuando levanto la vista ya solo, en el centro, pudo ver la cara de ella.
Y mientras esa cara se difuminaba, y el mundo se oscurecía, de ella salía una luz, convirtiendo el mundo en la salida de una gruta.
Bueno, se dijo Roerich, si he muerto solo me queda ver que pasa. Que Dios sea clemente conmigo.
Y, lentamente, se dirigió hacia la Luz.
La Luz.
Roerich se dirigía lentamente hacia ella. Mientras se movía, vio todos los pasajes de su vida. Los aciertos y los errores. Se congratuló de estos y se dolió de aquellos. Y conforme se movía, se sentía más caliente y más tranquilo.
La Luz.
Roerich sentí, al llegar, como se unía a ella, como se convertía en ella, como… tantas cosas, y tan nuevas que difícilmente podía describir. Pero se sentía cada vez más lleno, más pletórico, más bueno, más feliz, más… Si esto es la muerte, debo de estar en el Cielo, pues me siento feliz.
La Luz.
Roerich se sentía cada vez más cegado, tanto que ni se veía a si mismo. Me estoy convirtiendo en luz, pensó, será que los Dioses se acercan. ¿Será que acabaré siendo un Ángel?, se preguntaba.
La Luz.
Roerich llego a ella. Se hizo ella y se instalo en ella. Y se sintió pleno y se pregunto: Bueno y… ¿Donde están los Dioses?
17 y 18 de Febrero de 1993
Tags: Cuentos, Khrandilhah

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