La Luna es una Cruel Amante. II
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Y paradójicamente ese es un detalle definitorio en ella. La imposibilidad de retorno hace que las unidades policiales (militares) de la metrópoli sean mÃnimas.
Eso y la posición oficial de “guardianes de la prisión” es la circunstancia que hace que no existan impuestos (oficialmente) en la Luna. Si eliminamos las circunstancias que inducen a mantener el nivel de funcionarios y militares de la metrópoli muy bajo, pese a no ofrecer ningún servicio, la metrópoli cobrarÃa impuestos a los hijos de aquellos que ha expatriado, e incluso a estos una vez han cumplido su condena y se los pone en libertad, pero no dejándole regresar a la metrópoli.
Sin embargo pese a la importancia que en determinadas partes de la obra se da a esta carencia de impuestos vemos, por otro lado, que no es real. Los impuestos vienen, en realidad, de los monopolios: El que extrae hielo solo lo puede vender a la Autoridad al precio que esta fija. Naturalmente es esta la que vende el agua (también fijando los precios) Ese agua puede usarse para consumo humano y volverá gratuitamente a la Autoridad tanto por recuperación de la humedad ambiental (no hay más que ver cualquier maquina de aire acondicionado y las botellas, garrafas, cubos o desagües donde se recoge el agua generada por estos como subproducto, o bien por las cloacas. Este agua (que ya no le ha costado nada a la Autoridad, salvo mantener la red de alcantarillado, es nuevamente vendida, al precio fijado por la autoridad a los cultivadores de comida que finalmente se ven obligados a vender sus productos a la misma Autoridad, al precio que esta fija ¿Son o no son impuestos?
Es en realidad contra esta forma de impuesto contra la que se rebelan tres, bueno cuatro, lunáticos: Una activista de izquierdas, un anciano profesor de ideologÃa anarquista y un práctico, descarado y (ver adjetivo) “empresario libre” que solo acude a una reunión clandestina por pura curiosidad del cuarto miembro: un ordenador que ha llegado a la autoconciencia.
Diversos cálculos, acciones y circunstancias, todas controladas por los protagonistas llevan a la independencia de la Luna con un estado cuyo “Jefe de Estado” es un ordenador, al que solo se puede ver por video, un presidente de gobierno anarquista y un ministro de exteriores y defensa cuya única cualidad para ello es que es el único en la Luna capaz de reparar el ordenador que es Jefe del Estado. En realidad la falta o ausencia de técnicos y personal cualificado también se basa en esta circunstancia de “imposibilidad de retornar a la tierra” lo que en 1966 podrÃa ser definitorio para el aprendizaje pero que en 2008 con las comunicaciones que nos ofrece internet no habrÃa ningún impedimento, incluso sin viajar a la tierra, para que todas las Universidades pudieran tener sedes “virtuales” en la Luna. Pero ello no es definitivo en la novela, salvo por lo que respecta a la elección de los personajes.
Lo significativo es como tras ganar la revolución unos voluntariamente, otras por defunción, los principales artÃfices de la misma se retiran, a diferencia de lo que tantas veces ha ocurrió en el mundo real.
También es significativa, o al menos asà a mi me lo parece, la ausencia del estado, en una sociedad que hasta para respirar precisa de elementos técnicos, o lo que es lo mismo una importante infraestructura. Sin embargo al Autoridad que se encarga de esos detalles (en realidad si hay impuestos pues como Manuel indica a Stu, el terrestre visitante, todos pagan un impuesto por el aire) y los cobra, sin embargo deja que las partes en litigio acudan y paguen a un juez privado para dirimir sus cuestiones. Lo mismo que matrimonios y otros actos habitualmente responsabilidad del estado.
Y, curiosamente, pese a esta sociedad, y el personaje protagonista, o al menos uno de ellos, nadie acuso a Heinlein de anarquista… cuando sà lo hicieron por otra de sus obres de militarista.
Tags: Ciencia Ficcion, Clasicos, Literatura, Robert A. Heinlein

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