El Codigo Da Vinci
“Nunca segundas partes fueron buenas” dice el refrán, y en este caso, pese a la fama obtenida y el numero de ejemplares vendidos debemos darle la razón. Maxime cuando la primera parte tampoco se puede calificar de brillante, en este caso, yo, personalmente, no llegaría a calificarla ni de buena.
Os preguntareis que tiene ver un dicho sobre segundas partes con la novela cuyo titulo encabeza este artículo: Muy simple: “El Código Da Vinci” cuyo mayor merito es plantear la polémica sobre si Jesús estuvo o no casado con María Magdalena y meterse con la iglesia, en especial con el Opus Dei, es la segunda parte de otra obra de igual (de pésima) documentación y sectarismo llamada Ángeles y Demonios.
En El Código hace referencias a dicha historia, en sus comentarios acerca de la presencia anterior en el Vaticano y de sus contactos con otra mujer Vittoria Vetra, que en esta novela no aparece sino como breves referencias. Dejando el Affaire amoroso en manos de la nieta del asesinado Jacques Saunière, Sophie Neveu, con la que tampoco se tiene por seguro que siga en la posible continuación.
La historia en si, aparte de la polémica, es floja y deslucida. Dejando de lado los pleitos que le han puesto a Dan Brown tanto Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln como sus editores por el presunto plagio de las ideas expresadas por estos en el libro Holy Blood, Holy Grail (Santa Sangre, Santo Grial), que en algunas ediciones en España se ha vendido como como El enigma sagrado, es evidente que Silas tiene más que ver con los monjes de El nombre de la Rosa (con lo que quizás
también Humberto Eco debería denunciarlo por plagio) que con los miembros, seglares o religiosos, de una orden nacida e imbricada en el siglo XX y la tecnología de la ultima mitad de este. Pero no solo en ese aspecto la novela, que el propio autor presenta como verídica, no pasa de ser pura ficción sin soporte real. Por muy amplio que fuera el genio de Leonardo da Vinci, tendria que haber recurrido a la magia, mas que a la fisica o química, para conseguir que cualquier liquido, usado como ácido para destruir el pergamino del criptex aguantara los quinientos años que separan el momento en que se supone que encerró dicho
secreto y el que Robert y Sofia lo abren. Por supuesto el pequño detalle que el vinagre, en realidad, no disuelve el papiro o las múltiples alteraciones de las obras de arte hechas por Dan Brown, y no solo me refiero a las descripciones que este hace de La Última Cena, sino también al que Robert y Sofie pongan entre ellos y un policía que les apunta un cuadro… de mas de dos metros de ancho.
Cuando escribimos en un mundo fantástico no tenemos esas limitaciones… pero cuando la historia tiene lugar en el mundo real la documentación es importante y en mi opinión estamos antes un claro ejemplo de aquello que NO se debe hacer, pese al éxito comercial obtenido.
Tags: Historia y mito, Literatura y sociedad

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